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lunes, 19 de noviembre de 2012

Yanuva León: Tengo norte de cangrejo (*)


Yanuva León (El Hatillo, Miranda, 1983)

El poeta Iván Cruz (Ciudad de México, 1980) nos presenta una muy valiosa selección de poetas venezolanos de las últimas promociones, la poesía que se ha escrito durante el gobierno de Hugo Chávez. Asimismo nos ofrece una nota introductoria para acercarnos a esta importante tradición lírica.


Tengo norte de cangrejo y una ridícula sonrisa fuera de

tono, esta cápsula comprada a fuerza de párpados cerrados

es un grosero perfume para vomitar flores plásticas, detrás

la tierra andrajosa se llena de piojos, rastro de uñas en la pared,

agua sucia en las miradas, niños al ajillo en el último banquete

imperial, mar abierto al pez muerte, ajedrez perpetuo en el

jaque, carroña esperanza en muebles de rey, detrás dios abierta

la boca se ríe de Chaplin, tosen los pájaros con rigor de fin en las

plumas, un televisor con piernas de hembra coquetea con las

últimas neuronas y aquí burbuja procaz estos cuentos repulsivos

de palabrotas acartonadas, una promesa envejecida vierte talco

en la letrina, fórmulas de tinta resuelven la ecuación-mundo en

treinta tomos, es mejor un brocado luengo grita sin pudor un

maldito sabio parapeto, óperas, gritos, gaudeamus, pan roto.

Mientras la realidad huele a majada yo pensé en mariposas y en

ti, que no me conceda nadie el perdón.

(*) Título nuestro

martes, 11 de diciembre de 2007

José Mª Amigo Zamorano: La lumbre del hogar de Urbano Blanco Cea

Los vardos del sendero, los poetas del caminar, los romeros (León Felipe, Machado) ven al mundo con la mirada de alguien que quiere echar alguna vez el ancla. Tener un hogar confortable y sentarse junto al fuego del hogar, al abrigo del frío, con rechizos de leña encendidos, al tiempo que acarician a sus lebreles de caza que dormitan acunados por el fuego, por esa lumbre que chisporrotea, ahí cerca. Solo el espíritu inquieto le hace levantarse y proseguir su andadura. Es un mundo visto desde fuera al que las gentes invitan, en un rasgo de hospitalidad, a entrar en la casa.

Allí contemplan el dolor de los hijos por la muerte de sus progenitores. Ven sus arrugadas frentes oscurecidas por la tristeza del ser amado que se ha ido para no volver jamás. El llanto corre de estancia en estancia. Se fue "la fortaleza de la madre" y "la mansedumbre del padre". El fuego también es testigo del dolor. Y testigo de las condolencias de los amigos y vecinos que, a ambos lados del pasillo, se alinean apoyadas las espaldas contra la pared.

En su poemarío 'El Alijar jara en flor', libro de poemas de Urbano Blanco Cea, que ya hemos comentado en otras ocasiones, hay una parte que rotula con el título 'Reunidos junto al fuego (del album familiar)' comienza narrando su dolor en el poema 'Padre contrito' en el que dice: "Miera de hiel incandescente/se desliza corrosiva por mis venas".

Como los poetas romeros (no de romerías) Urbano Blanco Cea regresa de cuando en cuando a la vieja heredad, recuerda el fuego que concita y reune a las familias en momentos transcendentes, y la muerte es uno de ellos; más el fuego es más multilateral, siendo, por ejemplo, testigo de la llegada del abuelo, de la madre, del hermano, del hijo: "Has llegado y parece que se han abierto los postigos" a la alegría, a la risa...

Es lo que él llama "un hogar tranquilo, una casa sencilla"; todo ello recuerdo de los familiares como un bálsamo: "El amor que sabe a luz". Y ante eso el fuego estalla en risas, avivándose y chisporroteando. Podemos decir, como Urbano: "Yo sé bien que tu vida es poesía, un poema logrado verso a beso". "Tu tienes el poder de abrir el aire". Tanto que hasta sabe que "los mayores solo quieren / que alguien les escuche". Y, escuchando, aprender que la vida es lucha.

Los sentimientos se expresan con más claridad en esa intimidad que proporciona una reunión en torno al fuego del hogar. Y aquella mujer, anciana, al que todos escucharon, lo dijo también a la vera del fuego, con claridad meridiana, para que nadie crea que todo es de color de rosas: Mira mis manos, "son manos de bondad, pero por ellos (por mis hijos) dispuestas a luchar, no sé que harían". Y "llegaba el silencio". Los poetas del camino se levantan. Han visto y han oído. Saludan a Urbano Blanco Cea y prosiguen su camino. "Nihil novum sub sole".